DEMONOLOGIA

CAACRINOLAAS

CAACRINOLAAS Llamado también Bassimo ar Glasya.

Gran presidente de los infiernos.

Muéstrase bajo la forma de un perro con dos alas de grifo. Enseña el conocimiento de las artes liberales y, por contraste, inspira los homicidios.

Dícese que presagia muy bien lo futuro y hace invisible al hombre. Treinta y seis legiones le obedecen (1).

BIZARRO Y CURIOSIDADES, MONSTRUOSIDADES, TORTURA

Dolor y Voluptuosidad, El masiquismo y las mutilaciones

El masoquismo se traduce en una búsqueda permanente de la esclavitud y la humillación. El individuo se somete al látigo, a las espuelas, al pisoteo de alguien más fuerte que él, en busca más de la brutalidad que de las caricias o los abrazos. En eso reside la aberración. Sacher Masoch, a quien debe el nombre, prefiere con mucho el brazo que blande el látigo a los senos o la grupa de su pareja. Sin embargo, como no carece de buen gusto, exige que ésta sea atractiva y capaz de excitar la pasión de otros hombres, a los que está en su perfeccto derecho de entregarse cuando le plazca. En ocasiones, el amante (o esposo) goza con la idea de ser engañado e intenta comprobar el hecho en la medida de lo posible. Sobre este punto la prensa publica anuncios significativos: pareja viciosa busca azotador, etcétera.

El secuestro, forma atenuada del suplicio del in pace, reviste un carácter masoquista, ya que a menudo se produce con el consentimiento de la víctima. A título de ejemplo, citemos el caso de Mélanie Bastian, secuestrada de Poitiers cuya historia fue tan bien descrita por André Gide, y que no es sino una reclusa voluntaria que se regodea en la suciedad de un tugurio al que denomina su «pequeña y querida cueva». Mística e infantil, acepta perfectamente su destino de esquizoide. En Los secuestrados de Altona, Frantz von Gerlach acepta también su suerte. Sus razones son muy diferentes, pero subsiste el mismo deseo de evadirse del mundo, de los remordimientos y de las responsabilidades que implica la vida normal. En la mayoría de los casos examinados, las secuestradas (hay predominio de mujeres) son anormales o alienadas a quienes su familia intenta ocultar a las miradas ajenas. Otras aceptan por amor la existencia sórdida que su marido o su amante les dispensa, hasta que un día las encuentran con el pubis rasurado y el cuerpo acribillado de equimosis, tal como le sucedió a Rose-Marie Focan, muerta a los veintiún años a consecuencia de los golpes recibidos. Así pues, víctima y verdugo son cómplices, y las torturas sexuales (quemaduras en los pechos, pinchazos, flagelación) que acompañan al secuestro son aceptadas de buen grado. La complicidad sadomasoquista incita a la víctima, siempre dispuesta al «sacrificio», a ocultar su estado de servidumbre en su entorno inmediato. Sin embargo, esta relación deja de funcionar cuando el verdugo se cansa de golpear o siente deseos de cambiar de pareja. A veces, la mujer tarda dieciocho años en reaccionar, como aquella dama de Danneval, de la que Sébastien Rouillard pidió el divorcio a finales del siglo XVI:
«… Al ver violados la fe conyugal y el pudor del lecho nupcial, su resentimiento fue mucho mayor de lo que había sido mientras permaneció sacrosanta e inmutable. Y lo fue tanto que ese desconsuelo incrementó por otra parte la indignación de su marido, hasta el extremo de que hubiera podido considerársela como prisionera en una habitación, junto con su hija, privadas ambas de todas las comodidades que ofrece la vida, despojadas de todos los atavíos que se concedían a otros, y desprovistas de cuanto les era necesario para su uso y disfrute… Y su marido, pervertido por las malas compañías, se entregó a infligirle un sinfín de excesos, ultrajes y contusiones en muchas partes del cuerpo, según testificaron los cirujanos.»

 

Las mutilaciones
Las mutilaciones y torturas destinadas a incrementar el goce son tan abundantes que su enumeración resultaría fatigosa. La circuncisión, la subincisión de la verga o la infibulación del prepucio son moneda corriente en los pueblos que temen la impotencia o un imaginario encogimiento del pene. Según sus creencias, los dioses del mal o los sortilegios pueden provocar en cualquier momento la castración o la desaparición mágica de los genitales. Antiguamente, los chinos utilizaban una balanza de boticario para evitar que el miembro se retrajese por completo, y los bahiraguis de la India se ataban al pene un enorme peso que arrastraban con ellos. Todavía se llevan a cabo numerosas prácticas de este tipo con la finalidad de provocar la excitación. Entre ellas cabe mencionar las incisiones, las escarificaciones y la introducción de agujas en la uretra y de cuerpos extraños en el ano. Sin olvidar los pinchazos en los testículos (que, a la larga, quedan más duros que un pergamino antiguo) y los cortes en el escroto a los que tan aficionados son los amantes de las armas blancas y los cuchillos.
Los individuos pervertidos por el ejemplo o la fantasía no se conforman con estas prácticas un tanto extrañas. Buscan la compañía de un ser muy diferente, aunque complementario, que pueda satisfacer sus aspiraciones masoquistas o sádicas. Por otra parte, llegado el caso ambas tendencias se imbrican y completan, tal como pone de manifiesto este pasaje extraído de las obras de Coelius Rhodiginus, en el que ya no se sabe si se busca la voluptuosidad en sí misma o una puesta en escena apropiada:
«No han transcurrido demasiados años desde la época en que existió un hombre de una lascivia que no sólo se aproximaba a la del gallo, sino que llegaba a un exceso tal que hubiera sido difícil de creer, a no ser por el testimonio de personas dignas de crédito. Cuantos más vergajazos recibía, más ardoroso se mostraba en la acción. Y lo más extraño es que no era posible decidir qué deseaba con mayor avidez, si el látigo o el coito, aunque siempre parecía que su placer aumentaba con los golpes. Así pues, rogaba con insistencia que le azotaran con un látigo que mantenía todo el día sumergido en vinagre. Y si el azotador lo trataba demasiado delicadamente, se enfurecía y le cubría de insultos, sin que considerase nunca que había recibido demasiado hasta que no manaba sangre.
»Fue, si no me equivoco, el único hombre que haya sufrido al mismo tiempo el pesar y el goce del placer, puesto que a través del dolor sentía cosquilleos agradables y, por este medio, saciaba o inflamaba la desazón de la carne. Pero lo más sorprendente es que no ignoraba la criminalidad de esta nueva especie de ejercicio, que se odiaba a sí mismo por ello y que lo combatía con todas sus fuerzas. Sin embargo, estaba tan acostumbrado a esta práctica que no podía prescindir de ella, aunque la desaprobara. La tenía tan arraigada en su corazón desde la infancia, cuando se abandonaba al placer de la carne con sus compañeros después de haberse excitado con los azotes, que le resultó imposible abandonarla nunca más» (citado por el abate Boileau, pp. 296-298).

DEMONOLOGIA

Berito o Berith, Demonio

BERITO O BERITH Duque de los infiernos, grande y terrible, conocido bajo tres nombres diferentes, pues algunos le llaman Beal, los judíos Berito y los nigrománticos Bolfri. Muéstrase bajo las facciones de un joven soldado vestido de encarnado de los pies a la cabeza, montado sobre un caballo del mismo color, llevando en la frente una corona. Responde sobre lo pasado, lo presente y lo futuro. Hácese uno dueño de él por medio de los anillos mágicos, pero no se debe olvidar que miente muchas veces. Tiene el talento de cambiar todos los metales en oro, por lo que se le mira como al demonio de los alquimistas; da dignidades; hace clara y sonora la voz de los cantores, y tiene a sus órdenes veintiséis legiones.
Era el ídolo de los sichenitas, y quizás es el Beruth de Sanchoniaton, que algunos doctos creían ser Palas o Diana. El autor del Sólido tesoro del pequeño Alberto, cuenta de Berito una aventura que haría creer que este demonio no es más que un duende o un trasgo, si no fuese el mismo Berito.
Me encontré, dice, en un castillo donde se manifestaba un espíritu familiar que seis años hacía, había tomado a su cargo arreglar el reloj y limpiar los caballos. Movióme la curiosidad una mañana de examinar este arreglo, y mi admiración fue grande cuando vi correr la almohaza por las crines del caballo sin ser conducida por ninguna mano visible; el palafrenero me dijo que se había atraído aquel duende a su servicio, tomando una gallinita negra que había degollado en una encrucijada; que con la sangre de la gallina escribió en un pequeño pedazo de papel: “Be-rito cumplirá mis obligaciones durante veinte años y yo le recompensaré.” Que habiendo enterrado la gallina a un pie de profundidad, el mismo día el duende tomó a su cuidado el reloj y los caballos, y de cuando en cuando le recogía gangas que le valían algo…
El historiador parece creer que este duende era una mandrágora, pero los cabalistas no ven en ello otra cosa que una sílfida.

DEMONOLOGIA, TORTURA

Crimenes demoniacos

Crímenes demoníacos
La abominable persecución de brujos Tu debe hacernos perder de vista que también se cometieron verdaderos crímenes en nombre del Diablo. Sin embargo, sólo fueron obra de sádicos o sacerdotes indignos que apenas tenían con qué vivir. El «caso de los venenos» tuvo al me nos la virtud de revelar, entre otras, la actuación del padre Guibourg, que sacrificaba recién naci dos al Maligno para satisfacer la ambición de una amante del rey:
«Guibourg —señala el informe del interroga torio de la hija de la Voisin— ha bautizado a un niño en el seno de su madre, una muchacha a quien Lepére hizo abortar, y ha visto cómo se cocían en el horno tres o cuatro niños. Un bebé al parecer prematuro, fue presentado durante la misa de madame de Montespan, por orden de su madre, y Guibourg lo metió en una palangana lo degolló, vertió su sangre en el cáliz y la consagró junto con la hostia. Acabada la misa, ordenó que se extrajeran las entrañas del pequeño y se las entregó a la madre Voisin, quien las llevó al día siguiente a casa de Dumesnil, para destilar la sangre y la hostia en una vasija de cristal que se entregó a madame de Montespan. En cuanto al cuerpo del niño, la madre Voisin lo coció en el horno. Laporte vio sacrificar al niño, y habla de lo que hizo Guibourg con la Des Oeillets y el mylord inglés, de las inmundicias en el cáliz, de los polvos… Lo metió todo en una caja de metal blanco y se la entregó, junto con un paquete que contenía unos polvos, al mylord inglés…» (F. Ravaison, Archives de la Bastille, t. VI). 1
Cuando el ardor amoroso de Luis XIV disminuía, la Montespan recurría a aquella pandilla de asesinos; les ofrecía su generosa grupa a moda de altar y respondía sin inmutarse al ritual de la misa negra. En una nota mordaz acerca del poder y la pretendida razón de Estado invocada para tapar el escándalo, La Reynie escribe:
«En la Bastilla y Vincenness hay ciento cuarenta y siete presos, de todos ellos, no hay uno solo contra el que no se hayan presentado cargos considerables por envenenamiento o comercio con venenos, y por sacrilegios e impiedad. La mayor parte de estos crímenes quedan impunes.
»La Trianon, una mujer abominable por la índole de sus crímenes, por comerciar con venenos, no puede ser juzgada…
»Tampoco se puede juzgar a la señora Chapelain a causa de la Filastre, con quien tuvo un careo…
»Guibourg, ese hombre que no puede ser comparado con ningún otro en cuanto al número de envenenamientos, al comercio con venenos, los maleficios, sacrilegios y demás actos impíos; ese hombre que conoce a todos los criminales y es conocido por ellos, es culpable de numerosos crímenes horrendos, que ha degollado y sacrificado a varios niños; ese hombre que, además de los sacrilegios de los que es culpable, confiesa abominaciones inconcebibles, como haber atentado con métodos diabólicos contra la vida del rey; ese hombre de quien a diario sabemos cosas nuevas y execrables, que está cargado de acusaciones y crímenes de lesa majestad divina y humana…, ese Guibourg facilitará, además, la impunidad de otros criminales.
»Su concubina, la llamada Chanfrain, culpable con él de la inmolación de algunos niños, que ha participado en algunos de los sacrificios efectuados por Guibourg y que, según las apariencias y tal como se ha desarrollado el proceso, era el infame altar sobre el que él llevaba cabo sus abominaciones, quedará también impune…»
Este informe demuestra que, en determinados casos, los poderes monárquico y religioso podían llegar a establecer un pacto para evitar un escándalo que implicaba a muchas personas influyentes. Individualmente, los sacerdotes culpables de infamias, sacrilegios o asesinatos no tenían ninguna posibilidad de escapar a una ejecución pública cuando eran denunciados por la voz popular o burguesa. Pero no sucedía lo mismo con la corte o con el rey, cuyo trono quedó salpicado por el «proceso de los venenos».
Acusados de haberse entregado a la sodomía divina, Picart y Boullé fueron a la hoguera sin que mediara ningún proceso. Gauffridi sufrió la misma suerte por haber realizado un encantamiento. Y Grandier pereció por haber poseído supuestamente a una penitente en su iglesia. No se bromeaba con los iconoclastas, ni siquiera cuando estaban ebrios. En 1418, un soldado que salía de una taberna donde había perdido todo su dinero jugando, tuvo la lamentable ocurrencia de asestar una puñalada a una imagen de la Virgen situada en la zona de Saint-Martin-des-Champs. Según la leyenda, de la herida manó sangre en abundancia, y el soldado fue quemado vivo por sacrílego y blasfemo. En general, los judíos, ya sospechosos de cometer asesinatos de niños cristianos, eran acusados de este tipo de crímenes. Un judío del Hainaut, por dar cinco lanzadas (¡nos preguntamos por qué razón!) a la estatua de Notre-Dame de Cambron, fue sometido a tortura y, a continuación, liberado. Entonces, un ángel se le apareció en sueños a un anciano herrero enfermo y le pidió que vengara a la Virgen. Tras un duelo judicial —por estar el honor del cielo en juego—, el judío fue apaleado y atado a la cola de un caballo, que lo arrastró hasta el lugar del suplicio; murió quemado cabeza abajo entre dos perros. Una serie de estampas populares de principios del siglo XVII, reproducida en el Museo Criminal de Varennes y Troimaux, representa en ocho cuadros la evolución de este caso, que se remonta al año 1326.
Por la misma época en que aparecían estas estampas, se publicaban numerosas obras ilustradas acerca de supuestas compras de hostias por parte de los judíos, que querían disfrutar del placer de atravesarlas. ¡Imagínese por un momento el horror del delito! ¡El crimen de lesa majestad cometido sobre el cuerpo de Cristo! Se asistió a una especie de renacimiento de la persecución, basada en acontecimientos antiguos —acaecidos en 1290y en la ignorancia de la gente respecto a la coloración que el pan húmedo adquiere por la acción de la monas prodigiosa, un microbio de la harina. Si hemos de creer lo que se narra en la Histoire de l’Hostie Miraculeuse (París, 1664), un tal Jonathas adquirió una hostia pascual por treinta sueldos (no se osaba decir treinta dinares), para cortarla, azotarla con vergajos y atravesarla:

Demonios, salid del infierno, mirad el calvario de Francia: Jesús, atravesado por una lanza, tiene dos heridas en el corazón.
El judío, sin arrepentirse,
ha muerto en el suplicio.
Roguemos por que tal sacrificio pueda convertirnos a todos.

Nadie nos diga, después de esto, que el racismo y la propaganda son fenómenos puramente contemporáneos…

BIZARRO Y CURIOSIDADES, MONSTRUOSIDADES

Dolor y Voluptuosidad, Necrofilia

Necrofilia
Al hablar de este tipo de coleccionismo abordamos una nueva perversión instintiva, la necrofilia, cuyas variantes sádicas guardan relación con el tema que estamos tratando. Cabe entender —quizá con dificultad, pero de un modo razonable— que algunos criminales experimenten una sensación de voluptuosidad al matar en el momento de la unión sexual o inmediatamente después. Estaban tratando con un ser vivo sensible, capaz de experimentar un sentimiento de dolor y de manifestarlo. Los gritos, el llanto y los sobresaltos excitaban un ardor sexual que sólo conseguían calmar matando. En ocasiones, la disección aparecía como el corolario supremo de la carnicería, o como la conclusión del prurito. Ahora bien, según hemos visto ya, hay criminales que conservan algo de los restos de sus víctimas: Haarmann guardaba algunos huesos, Vacher y Jack el Destripador, una parte de los órganos genitales, y Gilles de Rays celebraba concursos de cabezas cortadas.
«Besaba a los niños muertos —confesó el 22 de octubre de 1440—, y a los que tenían la cabeza y los miembros más hermosos, los ofrecía a la contemplación, y llevaba su crueldad al extremo de hacer que les abrieran el cuerpo para deleitarse con la visión de sus órganos internos. Y lo más común era que, cuando los niños morían, se sentara sobre su vientre y se complaciera viéndoles morir, en medio de grandes risas…»
La flagelación, la disección y las quemaduras parecen juegos de niños comparados con estas fantasías que tienen la muerte como blanco y pasatiempo favorito. En estos casos, la excitación amorosa se basa en el recuerdo de un ser desaparecido del que se ha obtenido un fugaz placer. Así pues, ¿a qué matar, si el desmembramiento corporal basta para aplacar los sentidos, si la mera contemplación del cadáver excita la imaginación destructora y morbosa? Como muy bien ha observado Burdach, la lubricidad está más relacionada con la satisfacción de los sentidos que con el alivio de los testículos. Esta consideración encaja de maravilla con los necrófilos, entre los cuales debería incluirse a buen número de verdugos, y de aficionados a las emociones fuertes. En el pasado, en el depósito de cadáveres de París, «cuando cada cual había apurado su copa, la gente se dirigía a la sala principal y asistía al espectáculo que ofrecía el encargado, quien actuaba con la precisión del forense que practica las autopsias judiciales. Por ejemplo, hundía una aguja gruesa en el abdomen del cadáver, prendía fuego al gas mefítico que fluía por el agujero y, apagando las demás luces, lograba un efecto lumínico de lo más vistoso… Los cadáveres de varones eran los más apreciados. El cuerpo de un hombre que hubiera permanecido seis semanas bajo el agua ofrecía las mejores condiciones para el espectáculo: en lugar de practicarle la punzada en el vientre, como a las mujeres, le pinchaban en las partes sexuales, en medio del delirio de la concurrencia. Se hacían apuestas sobre la mayor o menor duración de estos fuegos artificiales tan peculiares y, así, los muertos divertían a los vivos» (Macé, Mon Musée Criminel, p. 108).
Los prostíbulos de lujo ofrecían a su clientela voluptuosidades de ultratumba… o cuando menos un anticipo de las mismas.
«La pasión de un alto dignatario eclesiástico, prelado in partibus que residía cerca de París, eran los cadáveres. Entraba vestido de seglar en su lupanar habitual y, una vez dentro, recuperaba su aspecto normal gracias a una sotana que tenían reservada para su uso exclusivo. Previamente, habían dispuesto para él una habitación tapizada enteramente de terciopelo negro tachonado de lágrimas de plata, donde una mujer empolvada de blanco, para imitar la palidez de la muerte, yacía inerte en la cama. Grandes candelabros de plata, con largas velas, iluminaban esta escena tenebrosa con un resplandor lúgubre. El prelado maníaco se arrodillaba a la cabecera de la cama y mascullaba palabras incomprensibles como si estuviera entonando un salmo fúnebre. En un momento dado, se abalanzaba sobre la seudodifunta, que tenía la orden de no realizar un solo movimiento pasara lo que pasase…» (Léo Taxil, La prostitutioi contemporaine, París, 1884, p. 171).
En más de una ocasión, este simulacro dejó de serlo y se utilizó un cadáver auténtico. Según cuenta Herodoto (Libro II, cap. 89), en Egipto procuraban no entregar en seguida los cuerpos de las personas de rango a los embalsamadores. En épocas posteriores, vigilantes de cementerios, guardianes de las aulas de anatomía y «plañideros» pervertidos mancillaron más de un cuerpo confiado a su custodia. Victor Ardisson, el «vampiro del Muy», llegó a ser un experto en este tipo de ejercicios. Enterrador de profesión, absolutamente amoral de vocación y, por añadidura, anósmico, abusó de un centenar de vírgenes, matronas y ancianas, parte de cuyos restos conservaba. Incluso mantenía conversaciones —o más bien monólogos— con las muchachas que desenterraba.
«Me enteré —nos cuenta en una especie de confesión espontánea— de que una joven en la que me había fijado estaba gravemente enferma. Esta noticia me causó un gran placer y me juré poseerla cuando estuviera muerta. Tuve que esperar varios días, con gran impaciencia por mi parte. Día y noche, aquella joven se me aparecía viva, y cada vez que sucedía esto tenía una erección.
»Cuando supe que había muerto, pensé en exhumarla la misma noche de su entierro… Me satisfizo tanto que me oriné sobre el cadáver, y luego decidí llevármelo a casa. Durante el trayecto, abrazaba el cuerpo y le decía: “Te llevo a casa. Allí estarás bien, no te haré ningún daño”… Hasta el momento de mi detención, pasé todas las noches con ella. Durante todo ese tiempo no se produjo la muerte de ninguna muchacha. En caso contrario, habría llevado también el cadáver a mi casa. Lo hubiese acostado junto al otro y los hubiera acariciado a ambos. No olvidaba la cabeza cortada (de una chiquilla) y, de vez en cuando, iba a besarla.»
Como a Vacher, y como a tantos otros, a Ardisson le dedicaron una «copla». He aquí un fragmento:

Semejante monstruo de sadismo, no ofrece el menor interés.

Aunque se invoque el atavismo, es culpable sin vacilación.
¡Violar a los vivos ya es despreciable!
Pero violar cadáveres
es todavía más espantoso.
Por eso están tristes los franceses,
¡porque los franceses respetan la muerte!
Imaginar que un cadáver pueda hablarnos, respondernos y experimentar alguna voluptuosa sensación a nuestro contacto, es síntoma de locura y de una grave desviación de la conducta. También lo es creer que ese cadáver pueda sufrir cuando lo desmembramos con más voluptuosidad de la que experimentaríamos violándolo. El impulso de descuartizar que sentía el sargento Bertrand, tenía su origen en un sadismo precoz y en las mutilaciones infligidas a los animales. Procedente de una familia acomodada, hombre apuesto y seductor, con incontables destinos en diferentes guarniciones, Bertrand sólo experimentaba auténtico placer cuando desarticulaba cadáveres que desenterraba de las tumbas con sus propias manos.
«… La primera víctima de mi pasión fue una joven cuyos miembros dispersé después de haberla mutilado. Esta profanación tuvo lugar el 25 de julio de 1848… Lo demás sucedió en un cementerio donde se da sepultura a los suicidas y las personas muertas en hospitales. El primer individuo que exhumé en este lugar fue un ahogado al que sólo le abrí el vientre… Hay que subrayar que nunca he podido mutilar a un hombre, casi nunca los tocaba, mientras que cortaba a una mujer a trozos con un placer extremo. No sé a qué atribuir este hecho… Al principio, me entregaba a los excesos de los que he hablado cuando estaba un poco bebido, pero más adelante ya no tuve necesidad de excitarme con la bebida; cualquier contrariedad bastaba para impulsarme al mal.
»Por lo que he contado, podría creerse que también me sentía inclinado a hacer daño a los vivos. Pero, muy al contrario, era sumamente afectuoso con todo el mundo y no habría podido hacer daño a un niño. También estoy seguro de no tener un solo enemigo; todos los oficiales me apreciaban por mi franqueza y mi amabilidad» (fragmentos de una nota redactada por Bertrand).
El hombre es un monstruo. No sólo se ensaña con animales inocentes, con sus compañeras, con su descendencia, sino que llega a recurrir a los cadáveres para aplacar una insaciable sed de placer. Su deseo no conoce ni lugar, ni hora, ni estación. Sufre su tiranía del mismo modo que sufre la de una violencia que le conduce a la tortura y las depravaciones. Eros está más unido que nunca a Thanatos. Para que nos hablen luego de los buenos salvajes, del imperativo categórico, de la moral innata…

DEMONOLOGIA

AMDUSCIAS, demonio

AMDUSCIAS Gran duque de los infiernos con figura de unicornio.

Sin embargo cuando se le evoca se muestra con figura humana.

Da conciertos si se le piden, pero se oye el sonido de las trompetas y otros instrumentos músicos sin verlos.

Los árboles se inclinan a su voz; manda veintinueve legiones.

MONSTRUOSIDADES

Ambroise Pare, Malformaciones

EJEMPLO DE LA ESTRECHEZ O PEQUEÑEZ
DE LA MATRIZ
TAMBI É N se forman monstruos debido a la estrechez del cuerpo de la matriz, del mismo modo que vemos que una pera unida al árbol, colocada en un recipiente estrecho antes de que crezca, no puede alcanzar su desarrollo completo; esto lo saben también las señoras que crían perrillos en cestas pequeñas o en otros recipientes estrechos, para impedir su crecimiento. Del mismo modo, la planta que nace del suelo, al encontrar una piedra u otro objeto sólido en el lugar en el que brota, se tuerce, engorda por un lado y es débil por otro; igualmente, los niños salen del vientre de su madre monstruosos y deformes. Pues dice [Hipócrates] que un cuerpo que se mueve en lugar estrecho, por fuerza, ha de volverse mutilado y defectuoso. De modo semejante, Empédocles y Dífilo lo han atribuido al exceso o al defecto y corrupción del semen, o a la mala disposición de la matriz; lo que puede ser cierto por analogía con las cosas fusibles, en las que, si la materia que se quiere fundir no está bien cocida, purificada y preparada, o si el molde es desigual o está mal dispuesto por cualquier otra causa, la medalla o efigie que sale de él es defectuosa, fea y deforme.

EJEMPLO DE LOS MONSTRUOS QUE SE FORMAN
POR HABER PERMANECIDO LA MADRE DURANTE
DEMASIADO TIEMPO SENTADA, CON LOS MUSLOS
CRUZADOS, O POR HABERSE VENDADO Y APRETADO
DEMASIADO EL VIENTRE DURANTE SU EMBARAZO
A. veces sucede también, accidentalmente, que la matriz es bastante amplia por naturaleza, pero que la mujer encinta, por haber permanecido casi siempre sentada durante el embarazo y con los muslos cruzados, como lo hacen con frecuencia las modistas o las que realizan labores de tapicería sobre sus rodillas, o por haberse vendado y oprimido en exceso el vientre, los niños nacen encorvados, jorobados y contrahechos, y algunos con las manos y pies torcidos, como lo ves en esta imagen [Fig. 29].
Imagen de un prodigio, un niño petrificado que fue hallado en el interior del cadáver de una mujer en la ciudad de Sens, el 16 de mayo de 1582, teniendo ella sesenta y ocho años, y después de haberlo llevado en su vientre durante el tiempo de veintiocho años [Fig. 30]. El niño estaba casi totalmente recogido en una bolsa pero aquí está representado en toda su longitud, para mostrar mejor el aspecto entero de sus miembros, a excepción de una mano, que era defectuosa.
Esto puede confirmarse con el testimonio de Matías Cornax, médico de Maximiliano, rey de romanos, quien relata que asistió en persona a la disección del vientre de una mujer, que había llevado a su hijo en la matriz por espacio de cuatro años. También Egidius Hertages, médico en Bruselas, menciona a una mujer que llevó en sus flancos, durante trece años cumplidos, el esqueleto de un niño muerto. Johannes Langius, en la epístola que escribe a Aquiles Bassarus, da también testimonio de una mujer, procedente de un pueblo llamado Eberbach, que expulsó los huesos de un niño muerto en su vientre diez años antes.

DEMONOLOGIA

ADRAMELECH, Demonio

ADRAMELECH Gran canciller de los infiernos.

Intendente del guardarropa del soberano de los demonios, presidente del alto consejo de los diablos; era adorado en Sépharvaim, ciudad de Asiria, en la que se quemaban niños sobre un altar; los rabinos dicen que se muestra bajo la figura de un mulo, y algunas veces bajo la de un pavo real.

MONSTRUOSIDADES, TORTURA

Del Museo de los Suplicios, El desollamiento

El desollamiento
La ya larga lista de suplicios quedaría incompleta si omitiéramos el desollamiento, la sierra y el despedazamiento, que rebajan a todos cuantos los ordenaron al nivel de la más baja animalidad. Fríamente sólo cabe decir que Apolo no fue otra cosa que un verdugo sádico cuando desolló a Marsias. Las artes plásticas han deformado esta visión inmunda, habituándonos a contemplar la técnica y la habilidad utilizadas para representar la musculatura y la risa sardónica de la víctima:
«Al que grita se le ha arrancado la piel de todo su cuerpo y todo él no es sino una sola llaga; por doquier mana la sangre, los nervios quedan al descubierto y las trémulas venas sin (la protección de) la piel se estremecen; se podría contar sus vísceras palpitantes y las fibras que reciben la luz en su pecho», escribe Ovidio en sus Metamorfosis (VI, versos 382 a 400). Los faunos, los sátiros, las ninfas y los pastores acuden a llorar por Marsias y sus lágrimas, al caer sobre la tierra fértil, forman un río que baña Frigia. La poesía aviva el dolor de un suplicio que los asirios veneraban tanto como el empalamiento:
«Hice desollar a los jefes de la rebelión y cubrí este muro con su piel; algunos fueron emparedados vivos; otros, crucificados o empalados; hice desollar a muchos de ellos en mi presencia, y con su piel cubrimos la muralla», proclamaba un parte de guerra de Asurbanipal. Sus soldados-verdugos adoptaban las máximas precauciones para arrancar la piel de los prisioneros, cuyos despojos adornaban los alrededores del campamento. En la Persia aqueménida se desollaba a los jueces que eran parciales o prevaricadores. Su piel, cortada a tiras, se utilizaba para cubrir los sillones donde se sentaban sus sucesores, los cuales podían ser elegidos entre sus hijos. Otanés fue designado por Cambises para reemplazar a su padre, que había sido desollado:
«Su padre, Sisamnés, había sido uno de los jueces reales; pero como realizara un juicio inicuo por dinero, el rey Cambises lo condenó a muerte y a ser totalmente desollado; después de arrancarle la piel, la hizo cortar a tiras, y con ella hizo cubrir el sillón en el que Sisamnés se sentaba para juzgar; una vez cubierto el sillón, Cambises nombró juez, para reemplazar a Sisamnés, cuyo cadáver acababa de hacer desollar, al propio hijo de Sisamnés, advirtiéndole que no olvidara jamás qué sillón ocupaba para juzgar» (Herodoto, V, cap. 25).
El desollamiento siempre ha satisfecho macabras tendencias fetichistas de quien ordenaba el suplicio o se encontraba en situación de disfrutarlo. Este castigo encuentra una prolongación en la manía del coleccionismo. Así, Sapor I conservó los restos rellenos de paja y teñidos de rojo del emperador Valeriano, e Ilse Koch ordenó que le hicieran pantallas de lámpara con la piel curtida de los deportados. Algunos aficionados buscan con pasión pieles humanas para hacer pantalones o para encuadernar libros licenciosos. Las personas totalmente tatuadas casi siempre tienen la seguridad de poseer una renta vitalicia, pero no cuentan con los riesgos del veneno (ya que no los del puñal o el cuchillo, que despreciarían ese capital).
En el siglo XIV, sin que se sepa por qué motivos exactamente, se practicaba el desollamiento a gran escala. Las costumbres eran bárbaras, y los crímenes, inspirados por el propio infierno. Acusados de haber seducido a Margarita y a Blanca, las nueras de Felipe IV, y de haber pecado con ellas incluso en los días más santos, los hermanos D’Aunay fueron desollados vivos, castrados y decapitados, y sus cuerpos colgados por las axilas. El demonio que les había incitado a la lujuria empujó al obispo Geraldi a matar al sobrino de Juan XXII. Condenado a cadena perpetua y, más tarde, acusado de brujería, el obispo fue desollado y quemado vivo en Aviñón. Poco después aparecieron las bandas de desolladores, uno de cuyos jefes, Dammartin, que trabajaba para Luis XI, había desollado a Charles de Melun.
El arrancamiento de cabelleras, practicado antaño en América del Norte (scalp) constituye una variedad atenuada y localizada del desollamiento. En sus Memorias dedicadas a los usos y costumbres de los indios, Hewit Adair y Le Petit afirman que la víctima, completamente desnuda, era atada a una horca que le mantenía los pies y las manos en forma de cruz de san Andrés. En esta posición, le arrancaban la piel del cráneo hasta las orejas y la dejaban expuesta para que su visión espantara a los adversarios.
La enervación, que consistía en quemar los tendones de las rodillas y las corvas, es otra variedad de desollamiento. Este suplicio, aunque quizá más suave, no resulta menos duradero y convierte a quien lo ha sufrido en una especie de eunuco, pues lo deja en un estado de absoluta debilidad e incapacitado para cualquier acto amoroso. La enervación se practicó, sobre todo, en la época merovingia. Clodoveo II ordenó que les quemaran los nervios a sus dos hijos y los abandonó en una balsa en medio del Sena. Un célebre cuadro de Luminais representa a los dos desdichados abandonados a merced de la corriente;
San Filiberto los acogió en Jumiéges, donde la balsa embarrancó.

DEMONOLOGIA

PRUFLAS o BUSAS, demonio

PRUFLAS o BUSAS Gran príncipe y gran duque del imperio infernal.

Reina en Contantinopla y tiene la cabeza de mochuelo, promueve discordia, enciende guerras, contiendas y reduce a la mendicidad. Responde con profusión a cuanto se le pregunta .

Tiene a sus órdenes veintiséis legiones.