MONSTRUOSIDADES, TORTURA

Del Museo de los suplicios, muerte y resurreccion de la tortura

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La Tortura, consideraciones morales.
No obstante, el movimiento conservador en­contraba una sensible oposición. Las tendencias abolicionistas, que apelaban a la moral elemen­tal o alegaban la escasa fiabilidad de las pruebas arrancadas mediante el sufrimiento, se habían ido abriendo paso desde hacía tiempo. Ya Tertu­liano reprochaba con vehemencia a los magistra­dos paganos que aplicasen la tortura a los cristia­nos para que renegaran de su fe. San Agustín, por su parte, señalaba que los jueces son incapa­ces de penetrar en la conciencia de los acusados que les presentan:
-A veces, para descubrir la verdad, no tienen más remedio que torturar a inocentes testigos por alguna causa ajena a ellos. Pero ¿qué sucede cuando un hombre es sometido a tortura por un asunto personal?. Se desea averiguar si es culpa­ble y por eso se le atormenta, pero, si es inocen­te, es castigado por un crimen que no ha cometi­do. Sufre tortura, no porque se haya descubierto que es culpable, ¡sino porque se ignora si lo es! Así. la ignorancia del juez provoca a menudo la desgracia del inocente. Ahora bien, hay algo que resulta mucho más intolerable, mucho más de­plorable, y que debería hacer verter torrentes de lágrimas: cuando el juez atormenta a un acusa­do, en el temor de hacer perecer por error a un inocente, debido a su funesta ignorancia, hace morir, inocente y torturado, a aquel que tortura­ba para evitar que muriera inocente» (La ciudad de Dios. XIX. 6).
A una pregunta realizada en 866 por Boris, kan de los búlgaros, el papa Nicolás I responde declarando formalmente que la confesión espon­tánea es la única válida. En Responsa ad consulta Bulgarorum, prohibe recurrir a la tortura:
«Decís que, en vuestro país, cuando se captu­ra a un ladrón o a un bandido y éste niega el deli­to que se le imputa, el juez le golpea en la cabeza y le pincha en los costados con clavos al rojo has­ta que confiesa la verdad. Sin embargo, ni la ley divina ni la humana pueden admitir en modo alguno esta práctica, ya que la confesión ha de ser espontánea: no debe ser arrancada con mé­todos violentos, sino proferida de modo volun­tario… Rechazad, pues, esas prácticas y conde­nad lo que hasta ahora habéis hecho por igno­rancia.»
Es lamentable que los sucesores de este eran pontífice no siguieran sus directrices. Hasta la época de la Reforma, la argumentación moral contra la tortura estuvo en el olvido o reprimida. Con el mayor respeto, me paso por el culo las leyes que son causa de injusticia para los desgra­ciados», proclama por fin Lutero, cuyos conse­jos» fueron seguidos por Cornelius Agrippa. Jean Wier y Erasmo. Incisivo, aunque prudente. Montaigne critica el principio mismo de un peli­groso invento que parece más «una forma de de­mostrar la paciencia que la verdad…. un medio lleno de incertidumbre y peligro». Y añade«Es preferible morir sin motivo que pasar por esta prueba más penosa que el suplicio y que por su severidad, a menudo supera al propio suplicio (Ensayos, II, V). En 1682. Agustín Nicolas. consejero del rey y relator del Consejo de Esta­do, suscita el debate en un opúsculo dedicado a Luis XIV:
«Me cuento entre los primeros en confesar con ingenuidad que preferiría una muerte rápida antes que padecer dolores insoportables… Nadie ignora que tan sólo media hora de tortura consti­tuye un martirio mayor que tres suplicios de la horca o el cadalso… Quien quiera conocer la pa­rafernalia que rodea a esta carnicería no tiene más que leer a los autores italianos que tratan so­bre el tema… En España, se impide dormir al reo y se le obliga a mantener todos los músculos en tensión durante siete horas, pues de lo contra­rio caería sobre un hierro puntiagudo que al pe­netrar en su trasero le provocaría insoportables dolores… Entre nosotros, se sienta sobre trí­podes candentes a pobres mujeres idiotas acuba­das de brujería, a las que se mortifica en horri­bles prisiones donde permanecen esposadas y encadenadas, medio podridas entre la inmundi­cia de un estercolero apestoso y oscuro, descarnadas y medio muertas… ¡Y se pretende que un cuerpo humano resista torturas tan diabó­licas…!
Binsfeld alaba la imaginación de Marsilio, quien encontró en la imposibilidad de dormir un método suave para hacer confesar a todo tipo de acusados sin romperles los brazos o las piernas. Pero, en realidad, ¿no es éste también un modo cómodo de obtener mentiras y de llevar a la per­dición a personas inocentes? ¿Y acaso no se re­quiere una extraña forma de prejuicio para que un sacerdote o un teólogo nos convenzan de que es un martirio menor o, como dice Marsilio, un tormento ridículo? Lo deplorable en esa gente que sólo confía en la autoridad, sin dejar el más mínimo resquicio a la razón, es que un hombre tan sabio como Jean Bodin se jactara del rigor bárbaro e inhumano de estos martirios, y llegara a considerar excelentes métodos para conseguir que alguien diga lo que se desea, cosas tales como el llamado interrogatorio de los turcos, consistente en clavar clavos como leznas entre las uñas y la carne de todos los dedos de los pies y las manos de la víctima, o esc modo de ator­mentar practicado en Italia al que él llama vigi­lia florentina. ¿Acaso Binsfeld no sabía que los italianos son los hombres que se muestran más dispuestos a utilizar el tormento porque es un invento de su país? Dice que Marsilio hacía con­fesar a los más resistentes, pero no dice lo que nosotros descubrimos un día. demasiado tarde para muchos jueces, es decir, a cuántas vícti­mas convirtió en mártires creyendo hallar crimi­nales.»
Alec Mellor, que lo menciona en su notable obra sobre la tortura, ve en ese texto una especie de resumen de los conceptos abolicionistas que triunfarían en el siglo siguiente. Sin embargo, es­tos argumentos morales no habrían asegurado el triunfo definitivo de la causa de no haber estado apoyados por el más elemental sentido común. Con ello nos referimos a la alusión hecha a la re­sistencia física, por otra parte esencialmente va­riable según los individuos.
«Las declaraciones obtenidas mediante tortu­ra — escribe Henri Estiennc— no son en absolu­to fiables, pues hay hombres fuertes y robustos que. por tener la piel dura como una piedra y un valor inquebrantable, resisten y soportan cons­tantemente el rigor de los tormentos, mientras otros, débiles y aprensivos, se trastornan y pierden la razón antes siquiera de haber visto las tor­turas» (traducido de la Retórica de Aristóteles).
El dolor no puede ser sino fuente de menti­ras, asevera Grocio: «Los que soportan la tortu­ra mienten, y los que no la pueden soportar mienten todavía más». Por su parte. Erasmo, Montaigne, Montesquieu en El espíritu de las le­yes (VI, 17), Federico II y Voltaire plantean el problema desde un punto de vista filosófico. Pero corresponde a Beccaria el honor de haber publicado una obra mordaz, en una época en la que «a excepción de Inglaterra, el estado de la jurisprudencia criminal en Europa era una mara­ña de atrocidades (Grimm). Traducido a varias lenguas, comentado por Voltaire y alabado por Malesherbes. el tratado De los delitos las penas (1764) hubiera debido provocar la inmediata su­presión de la tortura en Europa. Suecia. Prusiael Reino de las Dos Sicilias ya habían dado ejem­plo Francia, extremadamente conservadora, no abolió definitivamente el interrogatorio en el banquillo y la doble sesión de tortura hasta mayo de 1788.
«Someter a un culpable a tortura mientras se desarrolla el proceso —escribe Beccaria—, ya sea para obtener la confesión del crimen, para aclarar sus respuestas contradictorias o para averiguar quiénes son sus cómplices, es una bar­barie consagrada por el uso en la mayoría de na­ciones. Si se demuestra el delito, no es preciso aplicar una pena diferente de la que la ley pres­cribe, y el hecho de que la confesión del culpa­ble ya no sea necesaria hace que la tortura re­sulte inútil: si no se demuestra, atormentar a al­guien a quien la ley contempla como inocente es algo espantoso. Exigir que un hombre sea al mismo tiempo acusador y acusado, pretender hacer del dolor una norma de verdad, equiva­le a confundir todos los poderes. En definitiva, no es más que un medio infalible de absolver al criminal robusto y de condenar al inocente débil…»
Beccaria no sólo condena la barbarie de la tortura, sino que también aboga por la decla­ración en el proceso de varios testigos dignos de crédito, el establecimiento de una jerarquía de las penas según los delitos cometidos y la supre­sión de un sistema arbitrario que deja la deci­sión del suplicio exclusivamente en manos de los jueces. Y, por último, se rebela contra la pu­blicidad de las ejecuciones capitales, que en la mayoría de los casos no suscitan sino un interés morboso:
-La pena de muerte no es, para la inmensa mayoríamás que un espectáculo,y para el res­to, un motivo de despreciable piedad. Estos dos sentimientos absorben el alma y no permiten que penetre en ella ese saludable terror que las leyes pretenden inspirar.»
¿Hay alguna necesidad de añadir que la ma­yor parte de estas consideraciones continúan vi­gentes?
Extendida mediante libros o panfletos y cla­ramente entendida por filósofos y déspotas ilus­tradosla causa abolicionista tropezaba en Francia con la rutina de la magistratura y el ab­soluto desdén de Luis XV, cuyo desprecio no excluía el miedo, como se comprobó a raíz del atentado frustrado de Damiens. Es posible que aquel atentado incitara al rey a rechazar sine die cualquier proyecto de reforma penal. Los erro­res judiciales, los casos Calas y Sirven, la ejecu­ción del caballero de La Barre y la de tanta gente «jurídicamente inmolada por fanatismo», no lo­graron conmover su ánimo.
MONSTRUOSIDADES

De Monstruos y Prodigios de Ambroise Pare (parte 1)

EJEMPLO DE LA EXCESIVA CANTIDAD DE SEMEN

HIPÓCRATES dice, sobre la generación de los monstruos, que si hay excesiva abundancia de materia, se producirán gran número de camadas o un hijo monstruoso que tendrá partes superfluas o inútiles, como dos cabezas, cuatro brazos, cuatro piernas, seis dedos en manos y pies u otros miembros; al contrario, si el semen es insuficiente en cantidad, fallará algún miembro, como en el caso de tener una sola mano, ausencia de brazos, pies o cabeza, u otra parte que falte. San Agustín dice que en su época nació en Oriente un niño que tenía el vientre arriba, todas las partes superiores dobles y las inferiores sencillas, pues tenía dos cabezas y cuatro ojos, dos pechos y cuatro manos, y el resto como otro hombre; vivió bastante tiempo.
Caelius Rhodiginus ha escrito, en el libro de sus Lecciones Antiguas, que vio en Italia dos monstruos, uno macho y otro hembra, de cuerpos bien hechos y proporcionados, salvo la duplicación de la cabeza; el varón murió pocos días después de nacer, y la hembra, cuyo retrato ves aquí, vivió veinticinco años, lo que no es natural en los monstruos, que ordinariamente apenas viven, ya que se disgustan y vuelven melancólicos al verse así convertidos en oprobio de todo el mundo, de modo que su vida es breve. Y hay que señalar aquí que Lycosthenes escribe algo extraordinario a propósito de este monstruo femenino, pues, salvo la duplicación de la cabeza, la Naturaleza nada había omitido en él: estas dos cabezas, dice, tenían el mismo deseo de beber, de comer y de dormir, y la voz semejante, como iguales eran todos sus sentimientos.
Esta joven iba de puerta en puerta a pedir limosna, y de buen grado la socorrían, por la novedad de un espectáculo tan extraño e insólito; sin embargo, fue expulsada a la larga del ducado de Baviera, ya que, decían, podía estropear el fruto de las mujeres encintas, debido a la aprensión y a las ideas que podrían anidar en su virtud imaginativa al contemplar criatura tan monstruosa.
En el año de gracia de 1475, fueron engendradas igualmente en Italia, en la ciudad de Verona, dos niñas unidas por los riñones, desde los hombros hasta las nalgas 3; y como sus padres eran pobres, las llevaban por diferentes ciudades de Italia para recoger dinero del pueblo, que estaba muy ansioso por ver este nuevo espectáculo de la Naturaleza.
En el año de 1530, se vio a un hombre, en esta ciudad de París, de cuyo vientre salía otro bien formado en todos sus miembros a excepción de la cabeza 4; aquel hombre tenía unos cuarenta años de edad aproximadamente, y llevaba así ese cuerpo entre sus brazos, resultando tan extraordinario, que las gentes se congregaban en multitud para verlo, y aquí tienes su imagen representada del natural.

En el Piamonte, en la ciudad de Chieri, que dista unas cinco leguas de Turín, una respetable dama dio a luz un monstruo el 17 de enero a las ocho de la noche, en este año de 1578. Siendo su rostro bien proporcionado en todas sus partes, se le ha considerado monstruoso por el resto de la cabeza, de la que salían cinco cuernos parecidos a los de un carnero, colocados unos contra otros en la parte alta de la frente, y por detrás un largo fragmento de carne que colgaba a lo largo de la espalda, a la manera de un caperuzón para señoritas. Tenía en torno al cuello una pieza de carne doble colocada a la manera de un cuello de camisa completamente liso, las puntas de los dedos semejantes a las garras de un ave de rapiña, y las rodillas en las corvas. Su pie y pierna derechos eran de un color rojo vivísimo. El resto del cuerpo era de un color gris ahumado. Dicen que, al nacer este monstruo, lanzó un grito penetrante, que espantó de tal modo a la comadrona y a todos los presentes, que el miedo que experimentaron les hizo abandonar la casa. Al ser comunicada la noticia a su alteza el príncipe de Piamonte, tuvo tal deseo de verlo que mandó en su busca, y en su presencia varias personas formularon juicios diversos al respecto; aquí tienes representado su aspecto, tomado del natural.

 

En el año 1546, en París, una mujer encinta de seis meses dio a luz un niño con dos cabezas, dos brazos y cuatro piernas, que abrí, y en el que sólo encontré un corazón, por lo que puede decirse que se trata de un único niño; está en mi casa, y lo conservo como algo monstruoso.
Aristóteles dice que un monstruo con dos cuerpos unidos, si resulta tener dos corazones, puede en verdad considerarse como dos hombres o mujeres; de otro modo, si resulta no tener más que un corazón con dos cuerpos, es solamente uno. La causa de este monstruo podía ser defecto de cantidad de materia, o vicio de la matriz excesivamente pequeña, ya que, al querer la Naturaleza crear dos niños y hallarla demasiado estrecha, se encuentra impotente, de manera que el semen, comprimido y apretado, viene a coagularse en una bola, de la que se formarán dos niños así unidos y pegados.
En el año 1569, una mujer de Tours dio a luz dos niños gemelos que tenían sólo una cabeza, y se abrazaban entre sí; me los dio vacíos y disecados maese René Ciret, maestro barbero y cirujano, cuya fama está lo bastante extendida en toda la región de Turena como para requerir otra alabanza por mi parte.

Aristóteles dice que un monstruo con dos cuerpos unidos, si resulta tener dos corazones, puede en verdad considerarse como dos hombres o mujeres; de otro modo, si resulta no tener más que un corazón con dos cuerpos, es solamente uno. La causa de este monstruo podía ser defecto de cantidad de materia, o vicio de la matriz excesivamente pequeña, ya que, al querer la Naturaleza crear dos niños y hallarla demasiado estrecha, se encuentra impotente, de manera que el semen, comprimido y apretado, viene a coagularse en una bola, de la que se formarán dos niños así unidos y pegados.
En el año 1569, una mujer de Tours dio a luz dos niños gemelos que tenían sólo una cabeza, y se abrazaban entre sí; me los dio vacíos y disecados maese René Ciret, maestro barbero y cirujano, cuya fama está lo bastante extendida en toda la región de Turena como para requerir otra alabanza por mi parte.

Sebastián Munster escribe que vio dos chicas en septiembre de 1495, cerca de Worms, en la aldea llamada Bristant [¿Bürstadt?], que tenían los cuerpos enteros y bien formados, pero cuyas frentes se mantenían unidas sin que pudieran separarse por intervención humana: casi se tocaban con la nariz. Vivieron hasta los diez años, y entonces murió una, que fue quitada y separada de la otra, y la que quedó con vida falleció al poco tiempo; cuando separaron a su hermana muerta de ella, de resultas de la herida que sufrió en la separación; y más arriba tienes representado su aspecto.

 

El 20 de julio del año 1570, en la calle de los Gravelliers de París, en la casa de la Cloche, nacieron estos dos niños así formados , identificados por los cirujanos como varón y hembra, y que fueron bautizados en Saint-Nicolas-desChamps con los nombres de Luis y Luisa. Su padre se llamaba Pierre Germain, apodado Petit-Dieu, peón de albañil de oficio, y su madre Matthée Pernelle.
El lunes 10 de julio de 1572, en la ciudad de Ponts-de-Cé, cerca de Angers, nacieron dos niñas que vivieron media hora y recibieron el bautismo; estaban bien formadas, salvo que la mano izquierda de una sólo tenía cuatro dedos; y estaban unidas por su parte anterior, es decir, desde el mentón hasta el ombligo, y no tenían sino un único ombligo y un solo corazón, y el hígado dividido en cuatro lóbulos .
Caelius Rhodiginus, en el tercer capítulo, libro 24, de sus Lecciones Antiguas, escribe que nació un monstruo en Ferrara, en Italia, el 19 de marzo del año de gracia de 1540; al ver la luz, era tan grande y bien formado como si hubiera tenido cuatro meses cumplidos, con sexo femenino y masculino y dos cabezas, una de varón y otra de hembra.

Jovianus Pontanus escribe que en 1529, el 9 de enero, se vio en Alemania un niño varón con cuatro brazos y cuatro piernas, cuyo retrato ves aquí.
El mismo año en que el gran rey Francisco firmó la paz con los suizos, nació en Alemania un monstruo con una cabeza en mitad del vientre; éste vivió hasta la edad adulta, y la cabeza tomaba alimento como la otra.

El último día de febrero de 1572, en la parroquia de Viabon, en el camino de París a Chartres, lugar de las pequeñas Bordas, una mujer llamada Cypriane Girande, esposa de Jacques Marchant, labrador, dio a luz este monstruo, que vivió hasta el domingo siguiente.

  

En el año 1572, al día siguiente de Pascua, en Metz de Lorena y en la posada del Santo Espíritu, una puerca parió un cerdo de ocho patas, cuatro orejas, con la cabeza de un perro auténtico, las partes traseras de los cuerpos separadas hasta el estómago, y a partir de ahí unidas, con dos lenguas situadas al través de la boca, y cuatro grandes colmillos a cada lado, tanto arriba como abajo; sus sexos se distinguían mal, de forma que no se podía saber si eran machos o hembras, y cada uno no tenía más que un conducto bajo la cola. Su aspecto te lo muestra este retrato, que me ha sido enviado hace poco por el señor Bourgeois, doctor en Medicina, hombre de gran saber y con buena experiencia, que reside en la mencionada ciudad de Metz