Dr Fausto Johann, gran mago

FAUSTO Johann Famoso mágico alemán, nacido en Veimar a principios del siglo xvi. Un talento lleno de fuerza y audacia; una curiosidad invencible; un inmenso deseo de saber, tales eran las principales cualidades de que le había dotado la naturaleza. Apren. dió la Medicina, la Jurisprudencia, la Teolo. gía; profundizó la Astrología, y cuando hubo agotado los conocimientos naturales, se lanzó a la magia, por lo menos así lo refieren todas sus historias. Conrado Durio cree que los re. ligiosos le dieron al diablo para vengarse de haber inventado la imprenta, pues Fausto con ella les había arrebatado los productos que ganaban copiando manuscritos.
Sábese, que cuando aparecieron los primeros impresos, exclamaron: ¡Esto es magia! Sostúvose que eran obra del diablo, y persi guióse a Fausto para quemarle, y a no haber sido por la protección de Luis XI y de la Sor. bona, la imprenta hubiera sido destruida en su misma cuna. Sea lo que quiera, ved ahí los principales rasgos de la historia de Fausto.
Curioso por aliarse con serees de un mundo superior, descubrió finalmente, después de largas pesquisas, la terrible fórmula que evoca los demonios del fondo del infierno; abstúvose al principio de usarla, pero en su combativo corazón el deseo de ver al diablo empezaba a sofocar el resto de temor religioso, hasta que, paseándose un día por el campo con su amigo Wagner, reparó en un perro de aguas, negro, que formaba rápidos círculos corriendo a su alrededor, dejando una leve señal de fuego detrás de sí. Admirado, Fausto se detuvo; los círculos que formaba el perro iban haciéndose más pequeños, pronto se le acercó y acarició. Muy sorprendido el sabio regresó pensativo, y el perro de aguas le siguió a su casa.
Los descubrimientos de Fausto no habían aún tenido muy buenos resultados. Su anciano padre estaba enfermo y la miseria le rodeaba, así es que al encontrarse solo, le asaltaron de nuevo negras ideas, que desvaneció su nuevo compañero el perro, con extraños aullidos. Fausto le mira, se maravilla de verle ir tomando cuerpo, y pronto advierte que ha recibido un demonio; toma un libro mágico, colócase dentro un círculo, anuncia la fórmula de un conjuro y manda al espíritu que se dé a conocer. El perro se conmueve, un denso humo le rodea, y en su lugar ve Fausto aparecer un demonio vestido como un joven caballero a la última moda de la época. Este demonio era Mefistófeles, el segundo de los arcángeles caídos, y después de Satanás, el más temible jefe de las legiones infernales…
Varios historiadores refieren de diversas maneras esta grande época de la vida de Fausto. Widman dice, que estando decidido a evocar un demonio, Fausto se dirigió por la tarde al espeso bosque de Mangeall, cerca de Witemberg; allí trazó un círculo mágico, colocóse en el centro y pronunció la fórmula del conjuro con tanta rapidez y fuerza, que al momento se oyó en derredor suyo un horrible ruido. Toda la naturaleza parecía conmoverse; los árboles se doblaban hasta el suelo, fuertes truenos interrumpían los lejanos sonidos de una solemne música a la que se mezclaban gritos, gemidos y choque de espadas. Violentos rayos rasgaban a cada momento el negro velo que ocultaba el cielo, y al fin apareció una masa inflamada que delineándose poco a poco formó un espectro de fuego, el cual se acercó al círculo sin hablar, y se paseó al rededor con desiguales pasos durante un cuarto de hora. Finalmente el espíritu tomó el traje de un fraile franciscano y entró en relaciones con Fausto.
El doctor se turbó un instante, pero pronto, recobrando su valor, firmó con su sangre sobre un pergamino virgen, por medio de una pluma de hierro que le presentó el demonio, un pacto por el cual Mefistófeles se obligaba a servirle veinticuatro años, pasado cuyo tiempo Fausto pertenecería al infierno. Widman en su historia de Fausto refiere las condiciones de este pacto, cuya copia asegura haberse encontrado entre los papeles de este doctor después de su muerte. Estaba escrito sobre un pergamino en caracteres de un rojo oscuro y decía: I.° Que el espíritu vendría siempre que se lo mandase Fausto, apareciéndosele bajo una forma sensible, y estaba obligado a tomar la que él le mandase. 2.° El espíritu haría cuanto le mandase Fausto, y le llevaría al instante todo lo que quisiese tener de él. 3.° Que el espíritu sería exacto y sumiso como un criado. 4.° Que se presentaría a cualquier hora que se le llamase, ya de noche ya de día. 5.° Que en la casa no sería visto ni reconocido sino de él, y que permanecería invisible a cualquier otro. Por su parte Fausto se abandonaba al diablo sin reserva de ningún derecho para la redención, ni futuro recurso a la misericordia divina. El demonio le dio por arras de este tratado un cofre lleno de oro, y desde entonces Fausto fue el dueño del mundo que recorrió con brillo.
Cuando no viajaba al través de los aires, iba por todas partes con magníficos trenes acompañado de su demonio. En la aldea de Rosenthal vio un día a la hermosa Margarita, doncella ingenua, que Widman representa como superior en atractivos y gracias a todas las bellezas de la tierra. Enamoróse de ella, pero era tan virtuosa como bella, y Mefistófeles para quitarle esa pasión que temía, le proporcionó, según se dice, amorosas citas con Elena, Aspasia, Lucrecia, Cleopatra y todas las demás hermosas mujeres de la historia que reanimó para él. Añádese que Fausto, pudiendo hacer aparecer las más célebres bellezas de todos los siglos con todo el encanto de su hermosura, hizo ver a sus discípulos reunidos a la esposa de Menelao con sus grandes ojos negros, sus largos cabellos blondos y sus mejillas cuyo colorido, como dice Homero, se parecía a una cortina de púrpura reflejada sobre una mesa de mármol blanco, y todos sus discípulos confesaron que jamás habían visto belleza igual. Empero Fausto no podía separar de su corazón la bella imagen de Margarita, visitóla con frecuencia y logró hacerse amar; mas ella padecía al aspecto del demonio que acompañaba a Fausto, pues si bien no le reconoció por un habitante del infierno, sus ardientes miradas asustaban a la doncella.
Mefistófeles, viendo a Fausto llevado de un amor que nada podía disipar, resolvió perder a Margarita. Puso en su arquilla joyas y adornos, introdujo en su corazón un poco de coquetería, y alejó a Fausto para irritar el amor por medio de la ausencia, llevándolo a la corte, donde Carlos V, sabiendo sus talentos mágicos, le rogó que le hiciese ver a Alejandro Magno, y Fausto obligó inmediatamente a comparecer al famoso rey de Macedonia. Apareció éste bajo la figura de un hombre cachigordete, de color encendido, de espesa y roja barba, de ojos penetrantes y de continente fiero. Hizo al emperador una profunda salutación, y aún le dirigió algunas palabras en un lenguaje que Carlos V no entendía; y como a él le estaba prohibido dirigirle la palabra, todo lo más que pudo hacer fue observarle, como también a César y algunos otros que Fausto reanimó para él.
El encantador obró mil maravillas semejantes, y si hemos de dar crédito a los historiadores, usaba sin discreción de su poder sobrenatural. Dícese que un día estando a la mesa en un bodegón con doce o quince bebedores que habían oído hablar de sus prestigios y juegos de manos, le suplicaron que les hiciese ver alguna cosa, y Fausto para contentarlos agujereó la mesa con su cuchillo, haciendo manar de aquel agujero los vinos más delicados; pero como uno de los convid no fuese con bastante prisa a colocar su co en el chorro, el licor se inflamó al llegar suelo, y este prodigio atemorizó a algunos los presentes; sin embargo, el doctor supo vanecer su turbación, y aquellos hombres tenían ya la cabeza caliente, le pidieron nimamente que les hiciese ver una parra gada de uvas maduras, pensando que co estaban entonces en diciembre, no podría ob semejante milagro; con todo Fausto les an ció que al momento, sin levantarse de la m iban a ver la parra tal como la deseaban, con la condición de que todos cuantos est allí no se moverían del lugar y esperarían cortar la uva, que él se lo mandase, asegur doles que al que desobedeciese, le podría tar la vida: todos prometieron obedecerle fomente, el mágico les fascinó los ojos de suerte, que les pareció ver una hermosa p cargada de tantos gruesos racimos cu eran los convidados. Esta vista los arrebató tal modo que sacaron los cuchillos, y se pusieron a cortar las uvas a la primera de Fausto. Complacióse éste en tenerlos algún tiempo en esta postura, y luego hizo repente desaparecer la parra y las uvas, y uno de estos bebedores, pensando tener en mano el pezón del racimo para cortarle, contróse asido de la nariz de su vecino con mano, y con la otra el cuchillo levantado, modo que si hubiesen cortado las uvas sin perar las órdenes de Fausto, se habrían tado recíprocamente las narices.
Fiase dicho que Fausto tenía, como A la destreza de pagar a sus acreedores con neda de cuerno o de madera, que parecía buena cuando salía de su bolsa y a pocos recobraba su primitiva forma; pero el di le daba bastante dinero para que neces usar de estos fraudes que no eran de su rácter. Wecker dice que no le gustaba el y que muchas veces hacía callar con el de su magia a los que le incomodaban, y anade haber un día sido testigo de cómo tapó la boca a una docena de labradores ebrios, impidiéndoles el charlar como hacían.
Volvamos a los amores de Fausto. No había aún renunciado a su favorito proyecto de casarse con Margarita, pero el demonio le disuadía cuanto podía, que, como dice Widman, perteneciendo al infierno por su primer pacto, Fausto no tenía derecho de disponer de él ni formar una nueva alianza. Sin embargo, todo cuanto pudo hacer para obligar a Fausto fue lograr que acabase de seducir a Margarita introduciendo en su pecho todo el fuego del amor y preparar las ocasiones. La joven cedió por fin, y se puso en cinta sin llegar a ser esposa.
Sin embargo, Fausto la dejaba muchas veces para asistir a la reunión de brujos y continuar su carrera infernal. Margarita fue madre, y se desesperó; unos dicen que murió arrepentida en el fondo de un calabozo, y otros que se la tragó la tierra con el hijo que había tenido de Fausto. En cuanto a éste, al expirar el término del pacto, horrorizóse al ver la suerte que le estaba reservada. Quiso fugarse a una iglesia u otro lugar santo para implorar la misericordia divina, pero Mefistófeles se lo impidió y le condujo temblando a la más alta montaña de Sajonia, donde Fausto quiso encomendarse a Dios, pero el demonio dijo: “Desespera y muere; ahora eres ya nuestro”.
A estas palabras el espíritu de las tinieblas se apareció a Fausto bajo la forma de un gigante alto como el firmamento, sus ojos inflamados lanzaban rayos, su boca vomitaba fuego, sus pies de bronce conmovían la tierra, cogió su víctima con una carcajada que resonó como un trueno, destrozó su cuerpo y precipitó su alma a los infiernos. Conoced con esto, hermanos míos, que no todo son ganancias teniendo malas compañías.
Hemos ya dicho que el descubrimiento de la imprenta hizo perseguir a Fausto como a brujo; asegurábase que la tinta colorada de sus biblias era sangre, y como verdaderamente tiene un brillo particular, es posible que en aquellos tiempos de ignorancia, creyesen que aquel secreto se lo había revelado el diablo.
Sea lo que fuere, lo cierto es que a no haber mediado el apoyo de Luis XI, habría sido quemado él y sus prensas. Dícese todavía que había en Alemania almanaques dictados por Mefistófeles, los cuales rara vez fallían y tenían, por consiguiente, más éxito todavía que los de Mateo Laensberg, que algunas veces se engaña; empero no se encuentra ninguno de estos almanaques.
La vida de Fausto y de Cristóbal Wagner, su criado, brujo como él, ha sido escrita por Widman en Francfort en el año de 1587, en 8.°, traducida en muchos idiomas y vertida al francés por Víctor Palma Cayet, en París, año 1603, en 12.°, y al cual Adelung le ha consagrado un largo artículo en su historia de las locuras humanas. Todos los demonógrafos han hablado de él y Goethe ha iuesto sus aventuras en un drama extraño o crónica en diálogo, que es quizá la obra más singular del espíritu humano. Finalmente, M. M. Desaur y De San Genies han publicado a principios del año 1825 las Aventuras de Fausto, su bajada a los infiernos, novela en tres tomo l. en 12.°, en la que se encuentra todo lo maravilloso de las leyendas alemanas.

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