INCUBOS

IMG_5111ÍNCUBOS Demonios impúdicos y lascivos que tienen concúbito con las casadas y solte­ras. Servio Tulio que fue rey de los romanos era el fruto de los amores de una hermosa es­clava con Vulcano, según algunos antiguos au­tores; con una salamanquesa según los caba­listas; con un demonio incubo según nuestros demonógrafos; y con un hombre según la opi­nión más razonable.
Los demonios podían endulzar sus atroces tormentos yendo a gozar a las mujeres que más les petasen, pero ahora tendrán sin duda muy roídas las uñas porque no se oyó hablar de sus galanterías. Antiguamente una mujer no podía tener amante sin que éste fuese un demonio salido del abismo, y se tenían prue­bas de sus proezas amorosas en las señales que dejaban en el cuerpo de sus amadas. Delancre asegura que el diablo que gozó a la madre de Augusto imprimió una serpiente en su vientre y ya se sabe que la serpiente es el animal consagrado al príncipe del infierno, a causa de que bajo esta forma engañó a nues­tra madre Eva. Una rancia doncella, según refere Delancre, ha hecho mención de la es­trañeza de que los demonios Íncubos no acos­tumbran acostarse con vírgenes, porque no po­drían cometer adulterio con ellas y añade que el maestro de los sábados guardaba una muy hermosa para cuando diera la mano a algún hombre, no queriéndola deshonrar antes como si no fuese harto pecado corromper su virgi­nidad sin cometer adulterio.
En Cagliari, una doncella de calidad ama­ba a un gentil hombre sin que éste lo supiese y el diablo que lo olió, tomó la figura del ob­jeto amado, desposóse en secreto con la seño­rita y la abandonó después de haber al­canzado sus más secretos favores. Al encon­trar un día esta mujer al gentil hombre, y no advirtiendo en él nada que demostrase que la reconocía por su mujer, se quejó amargamen­te, pero al fin convencida de que fue el diablo en persona quien la había engañado, hizo pe­nitencia.
A una inglesa llamada Juana Wigs, obligó un sueño a ir a encontrar a un joven que la enamoraba. Emprendió el camino al otro día
pura dirigirse a la aldea en donde habitaba su amante, y al llegar a lo más espeso de un bos­que, presentósele un demonio bajo la forma del enamorado Guillermo, v la gozó. Al re­gresar la muchacha a su casa se sintió indis­puesta y luego cayó peligrosamente enferma, creyendo que esta enfermedad se la había cau­sado su amante, el cual justificó probando que no estaba en el bosque a la hora que ella de­cía. Quedó entonces descubierta la superche­ría del demonio incubo, lo que agravó la en­fermedad de aquella mujer que lanzaba un edor insoportable y murió tres días después, abotagada en extremo, con los labios lívidos y el vientre negro.
Una doncella escocesa se, puso en cinta por obra del diablo. Sus padres le preguntaron que quien la había seducido a lo que ella res­pondió que el diablo se acostaba todas las no­ches con ella bajo la forma de un hermoso joven. Los padres para certificarse de ello, se introdujeron de noche en el aposento de su hija y percibieron junto a ella un horrible monstruo que nada tenía de la forma humana, y como aquel monstruo no quisiese marchar­se, llamaron a un sacerdote que le echó, pero al salir el diablo hizo un espantoso ruido, que­mó los muebles del aposento, y se llevó el te­cho de la casa. Tres días después, la joven pa­rió un monstruo el más horrible que se hubie­se visto jamás, y al que ahogaron las co­madres.
Un sacerdote de Bonn llamado Amoldo, que vivía en el siglo XII, tenía una hija suma­mente hermosa a la que vigilaba con mucho cuidado a causa de que los canónigos de Bonn estaban enamorados de ella, y siempre que salía la dejaba encerrada sola en un pequeño cuarto. Un día que estaba encerrada de esta suerte, el diablo fue a visitarla bajo la figura de un hermoso joven y empezó a requebrarla. La doncella que estaba en la edad en que la imaginación se llena de ilusiones, se dejó fá­cilmente seducir concedió al enamorado de­monio cuanto deseaba; éste por lo menos fue constante, pues desde aquel día no pasó una noche separado de su bella amada, yendo y viniendo días, ella se hizo preñada y de una manera tan visible que le fue preciso confe­sarlo todo no sin indecible dolor a su padre.
Enternecido y aflijido éste no le fue difícil descubrir que su hija había sido engañada por un demonio íncubo y así la envió inmediata­mente a la otra parte del Rhin para ocultar su flaqueza y sustraerla a las pesquisas del aman­te infernal. Al otro día de la partida de la jo­ven llegó el demonio a casa del sacerdote y aunque un diablo lo deba saber todo e ir en volandas de una parte a otra quedó sorpren­dido al notar la ausencia de su hermosa.
“¡Infame clérigo!, dijo al padre, ¿por que me has quitado mi mujer?”.
Y luego le dio un terrible puñetazo de cu­yas resultas murió a los tres días, y no se sabe el desenlace de este drama peregrino.
En la aldea de Schinin que dependía de la jurisdicción del señor Uladislao de Berstem, Huappins refiere que había una mujer que pa­rió un hijo engendrado por el demonio, el cual no tenía ni pies ni cabeza, una como boca sobre el pecho en la parte izquierda de la es­palda y una como oreja en el lado derecho. En vez de dedos tenía pelotas viscosas a manera de sapillos. Todo su cuerpo era del color ele la hiél y temblaba como la gelatina. Cuando la partera le quiso lavar, lanzó un grito horri­ble. Ahogaron este monstruo y le enterraron en la parte del cementerio donde se depositan los niños muertos sin bautismo. Entre tanto la madre no cesaba de clamar por que se sacase de las entrañas de la tierra aquel horrible monstruo y que se quemase para que no que­dase de él el menor rastro. Confesó que el de­monio tomando la figura de su marido, la ha­bía conocido algunas veces y que en conse­cuencia era necesario volver al demonio su propia obra, y como el mencionado espíritu la agitase violentamente, suplicó a sus amigos que no la abandonasen; y finalmente por or­den del señor Uladislao se desenterró el mons­truo y se entregó al verdugo para que le que­mase fuera de las tapias de la aldea. El ver­dugo consumió gran cantidad de leña sin po­der tostar siquiera el cuerpo y hasta el lienzo en que estaba envuelto, aunque arrojado al más violento fuego conservó su humedad has­ta que habiéndole cortado el verdugo en pedacitos, logró quemarle el viernes después de la fiesta de la Ascensión. Véase Cambiones.
Una joven que vivía cerca de Nantes, esta­ba prendada de un gallardo mozo vecino de un pueblecito inmediato, y tan allá habían lle­vado las citas, los suspiros y declaraciones de amor, que la virtud de la niña había Saquea­do. Un sábado (víspera de San Juan Bautista) la joven se dirigió poco antes de que anoche­ciera a un bosquecillo donde debía esperar a su amante, y como no le hallase, murmuró entre dientes primero, luego le pesó haberle dado sobre ella unos derechos que le permi­tían faltar a su decoro; mas compensando la falta de respeto con el placer que le daba su amante se resolvió a aguardarle, ya por temor de enojarle faltando a la cita ya para echarle en cara su falta de puntualidad.
Sin embargo, el gallardo mancebo no venía y la noche comenzaba a extender sus sombras. Montó en cólera la joven, maldijo a su aman­te, diole al diablo y dijo entre dientes que me­jor hubiera hecho en entregarse a un demonio que a un galán tan frío, y que, así que se le ofreciese ocasión, no tendría reparo alguno en serle infiel, y al decir esto vio venir al amante en cuestión. Disponíase ella a quejarse agriamente, pero él se excusó lo mejor que pudo; protestó que había estado rodeado de urgentes ocupaciones, y la juró que la amaba más que nunca. Calmóse el enojo de la joven, él pidió su perdón, lo obtuvo; y luego se internaron en el bosque, para darse nuevas pruebas de amor. Pero pronto la joven, creyendo estrechar en­tre sus brazos a su amante, tentó un cuerpo velludo que azotaba el aire con una larga cola. “¡Oh, amigo mío!”, exclamó ella. “Yo no soy tu amigo, respondió el monstruo clavando sus garras en la espalda de la joven; yo soy el diablo a quien has invocado no ha mucho.” Al decir esto le sopló a la cara y desapare­ció. La infeliz regresó, temblando, a su aldea; al cabo de siete días parió un gatito negro, y estuvo enferma toda su vida.
Había en Sevilla una señorita sumamente hermosa, pero tan insensible como bella; un caballero castellano la amaba sin esperanza de ser correspondido, y después de haber inútil­mente empleado todos los medios para ganar su corazón, partió secretamente de Sevilla y buscó en los viajes un remedio para su vehe­mente pasión. En esto un demonio que se pren­do de la hermosa resolvió aprovecharse de la ausencia del joven, cuya figura tomó, y fue a visitar a la señorita. Quejóse al principio de ser tan constantemente despreciado, lanzó pro­fundos suspiros, y después de muchos meses de constancia y solicitaciones logró hacerse amar y fue feliz. Fruto de su íntimo comer­cio fue un hijo cuyo nacimiento se ocultó a los padres de la niña por destreza del amante infernal; siguió la intriga, continuó el amor y sucedió otro embarazo.
En tanto el caballero, curado por la ausen­cia, volvió a Sevilla e impaciente por ver a su inhumana querida, fue con la mayor presteza posible a anunciarla que ya no la importuna­ría más, pues su amor se había amortiguado del todo. Grande fue la sorpresa de la bella andaluza: se anega en llanto, se queja amar­gamente; sostiene que ella le ha hecho feliz; él lo niega; ella le habla de su primer hijo y le dice que le va a hacer padre por segunda vez, y él se obstina en negarlo todo. La pobre niña se desconsuela, se mesa los cabellos, acu­den sus padres a sus gritos lastimeros y la amante despechada más cuida de desahogar su cólera que de ocultar su flaqueza. Infórmanse sus padres del lance, pruébase que el caballero estuvo ausente dos años; buscan al primer hijo, pero había desaparecido proba­blemente con su padre, el cual no volvió a aparecer. El segundo nació a su tiempo y mu­rió al tercer día.
Delancre habla de muchos demonios que fueron harto descorteses, pues mataron a sus amadas, diciéndolas flores, a puñetazos, y añade, apoyado en el testimonio de Santiago Spranger, que fue nombrado por el papa Ino­cencio VIII para instruir el proceso a los bru­jos, que frecuentemente se han visto brujas recostadas en tierra con el vientre al aire, me­neando el cuerpo con la misma agitación que los que están en este estado, cuando se sabo­rean con los espíritus o demonios íncubos que nos son invisibles, pero visibles a todos los otros; después de esta abominable cópula, un hedor y un negruzco vapor se eleva del cuerpo de la bruja, del grandor de un hombre; y tanto que muchos maridos celosos al ver de esta suerte a los malignos espíritus y conocer a sus mujeres, pensando que eran verdaderos hombres ponían mano a la espada y entonces desaparecían los demonios, y sus mujeres se burlaban de ellos sin compasión.
Mr. Berbiguier de Terre-nueve-de-Tim, en el tomo 11 de sus duendes cuenta que en el año 1818 una joven muy bien educada se que­jaba a sus padres de dolores que sentía en lo interior del cuerpo. Llamáronse los médicos y después de un largo examen que hicieron so­portar a aquella infeliz, decidieron con su sa­biduría que la joven se resentía de los ataques de una obstrucción, sin indicar su naturaleza, y por consiguiente la trataron conforme a esta enfermedad, persuadidos como lo están todos los médicos, de que su sagacidad no puede fallir; ¡empero cuál fue su sorpresa cuando a principios de 1819 la señorita sintió aumen­tar los dolores, a consecuencia de los cuales dio a luz el fruto de Jos maleficios de los en­diablados duendes! Los doctores vieron muy claramente que la obstrucción se había disi­pado del todo y retractaron su juicio excu­sándose en que no era ésta la primera vez que se engañaba la medicina. Admirados el padre y la madre del término de esta enfermedad, no sabían qué pensar de su querida hija a la que habían educado en los más sanos princi­pios de moral y religión, y ereyeron que esta víctima de la crueldad del maligno espíritu había engañado su vigilancia o abusado de su confianza, la que no debía recompensar tan mal. La pobre hija protestaba de su inocencia diciendo que ella no esperaba ver concluir de aquel modo sus obstrucciones, no habiendo tenido jamás enfermedad alguna de aquella naturaleza, la que miraba como uno de los enigmas más inexplicables, puesto que jamás se había entregado a ninguna acción que pu­diese inducir tal aventura. Sus honrados pa­dres la llenaron de quejas que creyeron justa­mente merecidas y quisieron saber cuál po­día ser la causa de la deshonra de su hija y la suya, cómo había acontecido aquello, qué era lo que había podido obligar a su ju­ventud, hasta entonces virtuosa, a faltar tan esencialmente al honor, pero la infeliz se li­mitó a protestar de su inocencia, e ignoraba de todo punto lo que puede haber entre un hombre y una mujer. Sus contestaciones, dic­tadas por la inocencia, daban claro indicio de la pureza de su corazón, pero no bastaba esto para el padre y la madre que la trataban de superchera. Los padres no podían atinar en que por desgracia de la humanidad existiesen duendes, por esto no querían creer que este s-uceso fuese el fruto de sus obras y por lo mismo no podían convenir en la inocencia de su hija querida. Entretanto es bien notorio de que el niño que ella había dado a luz era el fruto de un acto en el que no había media­do su voluntad. Esta joven perdió la estima­ción de sus padres y de las demás personas honradas que la conocían; cosa por cierto muy deplorable. Véase Sucubos, Muérdago de la encina, etc.

Leave a Reply