JUANA DE ARCO

JUANA DE ARCO Llamada la Doncella de Orleans. Nació en Domremy , cerca de Vau-couleurs, el año 1410. Jamás persiguieron tan­tas desgracias a la Francia como durante el medio siglo que precedió al año memorable, en que se vio el abatido valor de los guerreros franceses dispuestos ya a someterse al yugo del extranjero, reanimarse a la voz de una doncella de dieciocho años. Carlos VII es­taba dispuesto a ceder Chinón al enemigo, cuando Juana de Arco apareció en aquella pla­za a fines de febrero de 1429. Era ésta una labradora, su padre se llamaba Santiago de Arco y su madre Isabel Romea, desde su mas tierna infancia, mostró una timidez sin ejemplo y huía de los placeres para entregarse a Dios; pero se ejercitaba en manejar los caballos, y se columbraba ya en ella el ardor marcial que la hizo la libertadora de los fran­ceses. El país en que naciera era también a propósito para alimentar su devoción; unos bosques que los sencillos aldeanos creían ha­bitados por genios, una haya llamado el árbol de las hadas, eran por el mes de mayo el pun­to de reunión de la juventud de aquellos can­tones. Al llegar a los dieciséis años exaltóse la imaginación de Juana y tuvo éxtasis. A eso de mediodía veía en el jardín de su padre, al ángel Gabriel al arcángel Miguel, a Santa Ca­bina y Santa Margarita brillando en luz celestíal. Estos santos la guiaban en todas sus piones y principalmente junto al árbol de las hadas, era donde tenían sus conversaciones. Las voces (porque así ella las llamaba) la mandaron dirigirse a Francia y hacer levantar el sitio de Orleans, de modo que a pesar de la amenaza de sus padres, obedeciolas y se dirigio primero a Vaucouleurs donde Juan de Metz se encargó de presentarla al rey. Llegaron entrambos el 24 de febrero a Chinón donde el rey Carlos tenía su corte,  y Juana se postró de rodillas ante el rey: Yo no soy el rey, la dijo Carlos VII para probar -vedle allí, añadió enseñándole, un caballero de su comitiva. Noble príncipe, dijo la  doncella, vos sois y no otro; yo vengo enviada por Dios para socorreros y salvar a vuestro reino, y el rey de los cielos os dice, por mi boca que os salvaréis, seréis coronado en la ciudad de Reims y seréis virrey del rey de los cielos que es rey de Francia. Sorprendido Carlos, la llamó en secreto, y después de esta conversación, declaró que Juana le había dicho secretos, que nadie podía saberlos, sino Dios y él, lo que la atrajo la confianza de toda la corte. Sin embargo, una duda terrible quedaba por aclarar, a saber si era doncella, lo que se probó; y si era inspi­rada de Dios o del diablo, lo que en aquella época merecía atención. Después de muchas consultas diéronle caballos y hombres, armá­ronla de una espada que por su revelación se encontró enterrada en la iglesia de Santa Ca­talina de Fierbois, y marchó inmediatamente hacia los muros de Orleans, donde combatió con un valor que sobrepujó al de todos los mayores capitanes. Echó a los ingleses de Or­leans, haciendo en seguida consagrar su rey en Reims, siguiendo la orden de los santos, y le devolvió Troyes, Chalons, Auxerre, y final­mente la mayor parte de su reino, después de lo cual quiso retirarse, pero había dado de­masiadas pruebas de valor y no se le quiso conceder esta libertad, lo que fue la causa de sus desgracias; porque luego habiéndose arro­jado a Compiegue para defenderla contra el duque de Borgoña, y favoreciendo la retirada de los suyos, cayó prisionera de un noble picardo que la vendió a Juan de Luxemburgo, quien a su vez la vendió a los ingleses, quienes para vengarse de que les hubiese por tantas veces vencido, la acusaron de haber empleado para vencer, la magia y el sortilegio. Condujósela ante un tribunal eclesiástico en el que el inquisidor y Pedro Chaucon obispo de Beauvais quisieron darla tormento, pero temiendo que muriese en él, la declararon fanática y bruja, cuyo proceso sería ridículo si no fuese bárbaro, y aun lo que tiene de más horrible es, que el ingrato monarca que le debía su corona, la abandonó porque ya no la nece­sitaba. Prosiguióse la causa con actividad, y a la tercera sesiós se la quiso hacer comprender la diferencia que media entre la iglesia triun­fante y la iglesia militante. Preguntáronla lo que opinaba y contestó que se sometía a la opinión de la iglesia. “Preguntáronla si iba a pasearse en su infancia, si los santos que se le aparecían hablaban inglés o francés, si llevaban rizos en las orejas, o anillos en los dedos, etcétera.” —Vos me habéis quitado una sor­tija, dijo al obispo, volvédmela. —¿Los san­tos iban desnudos o vestidos? —¿Os figuráis que Dios no tiene ropas para vestirles? —Y preguntándole sobre la cabellera de san Mi­guel contestó: —Por ventura ¿se la habrán cortado? —Habéis visto algunas hadas? —Ja­más he visto alguna, pero he oído hablar de ellas; no obstante, nada creo sobre este asun­to. —Tenéis una mandragora? ¿Qué habéis hecho de ella? —No tengo mandragora algu­na ni sé qué cosa es; sí que he oído decir que era una cosa dañina y criminal. Algunas veces le interrogaban varios jueces a la vez. “Abuelos, decía ella, no os apresuréis, el uno después del otro, si os place.” Durante la instrucción vino a visitarla Ligni-Luxem-borg acompañado de Warwick y de Straffort; pero su vista no causó en ella emoción alguna. Estoy persuadida, decía la joven, de que es­tos ingleses me quieren dar la muerte, pues creen que después de ella ganarán el reino de Francia, pero en vano; entonces pues, aunque fuesen cien millones de ingleses, no la ocu­parían.

Un caballero inglés intentó violarla en su misma prisión, y la doncella fatigada por tan malos tratamientos cayó gravemente enferma. El duque de Bedfort, el cardenal de Winces-ter y el conde de Warwik encargaron a dos médicos que tuvieran gran cuidado en que la joven no muriera de muerte natural, pues que el rey de Inglaterra la había comprado dema­siado cara, para privarse del gusto de verla quemar; y que este era el motivo por el cual Cauchon daba prisa al proceso.
El 24 de mayo se la condujo a la plaza del cementerio de la abadía de Rúan, en la que se habían erigido dos catafalcos, el uno para el obispo de Beauvais, y el otro para los jue­ces; el cardenal de Winchester y el obispo de Norwick eran de los espectadores, Guillermo Erard declamó contra el rey de Francia y contra los franceses, y luego dirigiéndose a la doncella: “A ti Juana me dirijo, exclamó, y te digo que tu rey es hereje y cismático.” Des­pués de este infame sermón, calificado en el proceso de prédica caritativa, el obispo de Beauvais se levantó para pronunciar la sen­tencia. El ejecutor esperaba a la víctima al extremo de la plaza con una carreta para con­ducirla a la hoguera; pero todo este horrible aparato no estaba allí más que para arran­carla confesiones. Leyósele una fórmula por medio de la cual prometía no montar jamás a caballo, dejar crecer sus cabellos, y no llevar más armas en lo sucesivo; cuyo escrito era necesario firmar o morir y ella consintió en cuanto quisieron. Al momento se substituyó a aquella fórmula otra cédula en la que se reconocía por disoluta, hereje, sediciosa, in-vocadora de demonios y bruja, cuya superche­ría manifiesta sirvió de base al juicio que pro­nunció Cauchon. Ella fue condenada a pasar el resto de sus días en una prisión perpetua, con pan de dolor y agua de angustias, siguien­do el estilo de la Inquisición. Los jueces des­pués de la sentencia fueron perseguidos a pe­dradas por el pueblo, queriendo exterminar­los los ingleses, porque decían que sólo habían recibido el dinero del rey de Inglaterra para engañarle. “No os precipitéis, les dijo uno de ellos, pronto la volveremos a cojer.”
Juana había prometido de no llevar jamás vestidos de hombre y recobrar los de su sexo, por la noche los guardas de la prisión le qui­taron sus vestidos substituyéndolos con otros de hombre: al rayar el día, pidió ella que la aliviasen, esto es que quitasen la cadena que la tenía asida por medio del cuerpo, y luego al ver los vestidos de hombre suplicó que 1. volviesen los del día antes, lo que le fue ne­gado: entonces permaneció acostada hasta mediodía y como le precisase una necesidad na­tural se vio precisada a vestirse con el único traje que tenía a su disposición. Unos espías apostados entraron para hacer constar la desobediencia y acudieron a los jueces: Ya la tenemos, exclamó Pedro Cauchon e inconti­nente fue Juana condenada como penitente, he­reje, bruja, excomulgada y desechada del seno de la iglesia. Leyósele su sentencia de muer­te, la que oyó con suma constancia pidiendo se la permitiese confesar y comulgar lo que se le concedió, Messien cura de San Claudio de Rúan que tenía el encargo de conducirla ante sus jueces, la permitió orar ante la capilla, cuya condescendencia le atrajo las mayores quejas y recriminaciones por parte de Juan Benedicite, promotor. “Truan, le dijo, ¿quién te ha dado osadía para dejar acercar a esta ramera excomulgada, a la iglesia sin licen­cia? Haré que te metan en una torre donde por un mes no veas sol ni luna, si reincides.” Este sacerdote sumiso sólo dirigía la palabra a Juana, llamándola hereje, bruja, infame, prostituta.
Juana salió de su prisión, para el suplicio, el día 30 de mayo escoltada de ciento veinte hombres. Habíanla puesto un vestido de mujer llevaba en la cabeza una mitra, en la que ha­bía escritas estas palabras: Hereje, renitente, apóstata, idólatra. Dos dominicos la sostenían y ella iba exclamando por el camino: “¡Ah! Rúan, Rúan, en tu recinto debo dar el último suspiro”. Habíanse levantado dos catafalcos en la plaza del mercado viejo, el cardenal de Winchester, Luxemburgo, obispo de Turena, lanciller de Francia por el rey de Inglaterra; el obispo de Beauvais y los otros jueces espe­raban su víctima cargada de cadenas. Sus me­jillas estaban inundadas en llanto: hizósela subir al cadalso y entonces Nicolás Midy, faná­tico a lo sumo, afectando una falsa compasión, acabó su discurso fúnebre con estas palabras: Juana, id en paz; la iglesia no puede defende­ros y os abandona a la justicia seglar.
Al sentir se le acercaba la llama, ella mis­ma rogó a los ministros que se retirasen. La hoguera era muy elevada, para que todo el pueblo pudiera verla, y al momento que se creyó habría ya expirado, mandóse al verdugo quitar el fuego, para que se le pudiese ver mejor. Mientras que ella conservó un soplo de vida, entre los gemidos que la arrancaba el dolor, oyósele pronunciar el nombre de Jesús, hasta que un hondo y prolongado suspiro dio a conocer que acababa de expirar.
Entonces el cardenal de Winchester hizo recoger sus cenizas y mandó que fuesen echa­das al Sena. Su corazón fue respetado por las llamas el que encontraron sano y entero. De­lante la hoguera había una inscripción que calificaba a Juana de prostituta, invocadora de demonios, apóstata y mal creyente en la fe de Jesucristo.
Si la doncella de Orleans no fue divina­mente inspirada, dice Saint-Foix, al menos no se puede negar que fue una heroína y que su memoria debe inspirar agradecimiento y res­peto a todo buen francés. Había en una aldea de la Africa una joven jardinera muy hermo­sa y de aventajada estatura llamada Phia; Pi-sistrato echado por los atenienses imaginó ha­cerla pasar por minerva, patrona de Atenas; vistióla pues con todos los adornos y atribu­tos de esta diosa, con una égida, un lanza en la mano y un casco en la cabeza y montó en un carro magnífico, tirado por seis caballos blancos ricamente enjaezados. Pisistrato iba sentado a sus pies; doce hombres en traje de mensajeros de los dioses, iban delante del ca­rro gritando: Atenienses, Minerva os devuelve a Pisistrato, recibidle con la sumisión y res­peto que debéis a la diosa. El pueblo se pros­terna, adora y obedece. La idea de la misión de la doncella sostenida por su valor, la sabi­duría de sus consejos y la pureza de sus cos­tumbres, reanimó los ánimos abatidos por una serie no interrumpida de desgracias, y com­partió por un rey legítimo contra un usurpa­dor. Phia sirvió a la ambición y restableció la autoridad de un tirano; todo lo que ésta tuvo que hacer, fue representar bien un papel de Diosa por algunas horas, y Pisistrato la casó con su hijo Hiparco y reinó en Atenas. La doncella de Orleans fue quemada; si bien es verdad que veinte años después de su muerte se rehabilitó su memoria declarándola inocen­te del sortilegio; que dos de sus jueces fueron quemados vivos, que otros dos fueron exhuma­dos para expiar también en las llamas su ini­cuo juicio; pero el proceso de la doncella na dejará por esto de ser un oprobio para los in­gleses, y un borrón para los franceses de aque­lla época.
Los unos dicen haber sido Juana de Arc una inspirada; los otros, una loca, éstos, una en­tusiasta; y aquéllos una visionaria. Sea lo que quiera Juana de Are fue una heroína, la Fran­cia la debió su salvación, y la posteridad un lugar entre los grandes personajes.

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